La Bicicleta Blanca en la Esquina
- Matt Miller
- 10 dic 2025
- 4 Min. de lectura
“En la esquina, cerca de nuestra casa, hay una bicicleta blanca encadenada a un poste…”
No la notas a menos que realmente estés mirando.
Y aun si la notas, hace falta un momento para que el corazón entienda por qué está ahí. Pero una vez que lo entiendes… ya no lo olvidas.
Al principio yo tampoco entendí.
Había pasado varias veces junto a ella en mi bicicleta, apenas un destello blanco en mi visión periférica.
Pero una tarde disminuí la velocidad… y vi una pequeña vela encendida debajo del cuadro — una luz callada, un recuerdo que alguien no quería que la ciudad olvidara.
Y entonces me golpeó la verdad:
aquí ocurrió una tragedia.
Esa simple comprensión me frenó — no solo físicamente, sino espiritualmente.
Empecé a pensar en la delgada línea que separa un día común… de la eternidad.
Entre un paseo normal en bicicleta… y el momento en que un alma cruza el umbral hacia el más allá.

Una conversación que aún no ha ocurrido… pero vive dentro de mí
Hace unos fines de semana me reuní con un amigo al que no veía desde hacía tiempo. Nada profundo — solo dos personas poniéndose al día. Él mencionó la cultura ciclista de la ciudad: los carriles nuevos, los grupos, la gente andando por todas partes.
Y sin planearlo, mencioné la bicicleta blanca de la esquina.
Él no la había visto.
Y me preguntó — casi con curiosidad casual — por qué alguien pintaría una bicicleta completamente de blanco y la encadenaría a un poste.
Le conté que yo también me había preguntado lo mismo… hasta que vi la vela encendida debajo del cuadro.
Él se quedó en silencio.
“Entonces… alguien murió ahí, ¿verdad?”
“Eso supongo,” le dije suavemente. “Parece que sí.”
Y algo se abrió dentro de mí.
Las palabras salieron solas.
“Sabes… estoy muy agradecido por 1 Juan 5:13.”
Él me miró. “¿Qué dice ese versículo?”
Y allí estaba yo — en un momento totalmente ordinario, pero con la oportunidad de hablar sobre la certeza eterna.
Le expliqué que Juan hablaba de la posibilidad de saber — de verdad saber — lo que sucede el instante en que termina la vida.
Y añadí: “No puedo imaginar vivir — o andar en bicicleta — pensando que cada paseo podría terminar en un destino del que no sé absolutamente nada.”
No avanzamos más.
No hablamos del “camino romano.”
No hubo oración.
No hubo presión.
Solo una semilla.
Pequeña.
Suave.
Pero real.
Y aquí está la verdad:
esa conversación con mi amigo Bojan aún no ha sucedido.
No en la vida real.
Pero dentro de mí… ya existe.
Ya me prepara.
A veces, las conversaciones imaginadas preparan nuestro corazón para las reales que Dios traerá.
Esos momentos potenciales — incluso si viven solo en la mente — pueden convertirse en herramientas que Dios usa para guiar suavemente a las personas hacia Cristo.
El ministerio que llevamos sin darnos cuenta
Cada vez que paso junto a esa bicicleta blanca, siento el peso de lo que representa.
No solo la tristeza de una vida perdida… sino la urgencia de cada alma a nuestro alrededor.
Pablo escribe que Dios nos dio “el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5).
Esas palabras siempre me conmueven.
Dios confió a personas comunes — a mí, a ti — el mensaje que puede traer a alguien de vuelta a Él.
No somos espectadores.
No somos voluntarios.
No somos participantes ocasionales.
Somos embajadores.
Y cuanto más vivo, más veo que la mayor parte de este ministerio no sucede en púlpitos, sino en los intermedios de la vida:
en las esquinas, en cafés, en filas de supermercado, en caminatas, en conversaciones que parecen triviales… pero no lo son.
Y he comprendido algo más — algo que pocos cristianos mencionan:
La mayoría de las personas no llegan a Cristo por una sola conversación.
Casi nunca es un camino directo.
Es un largo trayecto de pequeños empujones.
Recuerdos.
Preguntas.
Historias.
Semillas silenciosas.
Un corazón que poco a poco se ablanda.
Y un día — a veces años después — Romanos 10:13 cobra vida:
“Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”
Pero antes de esa invocación, hubo decenas de pequeños toques de gracia.
Nosotros no empujamos a la gente hacia la meta.
Caminamos con ellos.
Acompañamos.
Oramos.
Hablamos cuando el Espíritu nos impulsa.
Confiamos a Dios la distancia entre la siembra y la cosecha.
Lo que significa estar preparado
Pedro dice: “estad siempre preparados para presentar defensa.”
Antes pensaba que eso significaba conocer de memoria cada versículo.
Ahora lo veo diferente:
Estar preparado es llevar un tratado en el bolsillo.
Es tener cinco verdades simples en el corazón: Dios ama… todos pecamos… el pecado tiene un precio… Cristo lo pagó… cualquiera puede invocarlo.
Es practicar el evangelio con un amigo para que el miedo no te paralice.
Es orar cada mañana: “Señor, dame una persona hoy.”
Pero, sobre todo, estar preparado es esto:
Ver a la persona frente a ti como alguien que Dios puso en tu camino deliberadamente.
Dios es jardinero.
Él planta.
Él riega.
Él prepara la tierra mucho antes de que lleguemos.
Algunas semillas brotan rápido.
La mayoría no.
Pero ninguna es olvidada por Él.
Lo que esta bicicleta blanca sigue enseñándome
Esa bicicleta — ese simple cuadro blanco contra un poste oscuro — se ha convertido en mi maestra silenciosa.
Me recuerda que la vida es frágil.
Que la eternidad es real.
Que Dios usa momentos comunes para preparar conversaciones extraordinarias.
Me recuerda que cada encuentro humano tiene peso eterno.
Cada pregunta.
Cada comentario sincero.
Cada pequeño gesto.
Cada tratado entregado.
Cada oración por alguien que aún no está listo.
Nada se desperdicia.
Nada es demasiado pequeño.
Nada Dios pasa por alto.
Cuanto más contemplo esa bicicleta — a veces de lejos, a veces al pasar junto a ella — más entiendo esto: Dios no solo me llama a hablar cuando llegue el momento, sino a vivir listo para ese momento.
A ser alguien a quien Dios puede interrumpir.
A quien Él puede usar.
Quien nota a las personas.
Quien está — listo.
Un final suave, honesto
Así que estemos preparados —
para la bicicleta blanca en la esquina,
para los momentos en los que Dios nos impulsa a hablar,
y para la realidad de que algún día podría ser mi bicicleta… o la tuya.
En cualquier caso —
prepárate para hablar,
y prepárate para ir.
Dios siempre nos llama a ambas cosas.



.png)



Comentarios